Yo nunca conocí Ítaca -Quedaos aquí, mis fieles amigos-. Ni su monte Nérito -Porque los dioses me colmaron con innumerables desventuras.- Ni sus alrededores, sus islas habitadas. Nada.
No soy aquel -Somos aquellos a quienes extraviaron al salir de Troya-. Ni tampoco éste. Sólo soy yo: mezcla de ruta y olvido. Mente circular, sin afán de héroe. Un ojo. Sí. Un ojo. Un cíclope, tal vez, sin sus ovejas.
Foto y texto: María Alcantarilla